Un ramo de lirios cardos y claveles en el altar de mis ojos mirándote, enciendo un cirio y perpetuo las paredes de mi interior con incienso olíbano, con afán de inmortalizar éste segundo en el que tus ojos como estaca atraviesan mi frágil e inquieto corazón
De Carmín pinto las paredes y el hábito que visto.
Y en el centro te contemplo, tus manos manchadas de escarlata y tus dos abismos que me atrapan.
Me arrodillo entonces ante ti sin cuestionar mi fé, sin cuestionar al empírico sentimiento que me rodea. A la potestad que toma mi alma.
Templo inmortal de el momento.
Templo que será ruinas cuando te des la media vuelta.
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